V de viento
2022
Va en todas las direcciones, no aparente tener punto de partida a no ser su centro (meta)físico, ese que se explica por las presiones, voltajes, y las condiciones cambiantes del clima, ese que encuentra significado en la contaminación rampante y en el daño inminente a su paso. Es ese el lugar donde se concentran todas las energías, toda la ventolera, hasta que explota como una araña encogida que decide extender sus ocho patas. El graznido que se escucha se puede confundir con los ronquidos superfluos y característicos de mi abuela, el que la acompaña en su sueño superficial. Alarmada, se levanta si escucha una moneda caer, aunque el piso fuese de arena. No creo que esté durmiendo ahora mismo.
Se parece a todo y simultáneamente, no tiene nombre. Nombrarlo le desposeería de todo misterio, le conferiría la autoridad de volverse omnipotente, una fuerza latente que permite a los objetos inanimados volar.
Lo que nos mueve a la acción no es el viento, ni la presión, ni la lluvia, ni el ojo. Lo que viene no es lo que se espera, y lo que se espera es increíblemente poco comparado con la realidad. La manera en la que se materializan los miedos en una isla tropical permite que la verdad no cale en los huesos, pero que el frío que acompaña el silencio sea semejante al de una bóveda. Con cada hora que pasa, no nos podemos mirar a los ojos, resulta complicado ver el reflejo vivo de la experiencia, esa que se cuela entre los tanques de butano, las comidas enlatadas, los envases de gasolina y las bolsas de plástico en cada ventana. Se esperan entre 15 a 20 pulgadas de lluvia en toda la isla. Lo verdaderamente preocupante es lo que viene después, la incertidumbre que permanece presente por más Ave Marías y Padre Nuestros que se recen, porque el sonido nunca se va.
El movimiento se propulsa por la atención mundial, esa que dura menos de un instante (¿Cómo se mide un instante?) y el escrutinio constante a la respuesta, o la ausencia, inconsistente e insuficiente de un gobierno nacional que degrada a su pueblo y simultáneamente se jacta de la unión que le caracteriza. Si existe una razón para la unión –y hay muchas– ten por cierto que se debe a la negligencia sufrida por más de 100 años por ser autóctonos en nuestra propia tierra, como si fuese esto verdaderamente malo, como si no se hubiese sido tergiversado por la narrativa popular, siempre secundarios a las necesidades que trae el progreso disfrazado de violencia y explotación por entidades –e individuos– que minimizan el sufrimiento y que envidian el gozo. No hay mejor, o peor, condición que ser una colonia en pleno siglo veintiuno, con tantos logros debajo de ambos brazos, debajo de los dos pies, y aún así estar sujetos a las farsas de aquel que no reconoce los más básicos derechos humanos a seres cuyas sangres resultarían más puras ante el escrutinio de Dios.
Bromeaba con mi mamá sobre cómo las tormentas se fortalecen en el Mar Caribe, porque ellas, como yo, disfrutan del cálido cuerpo de agua, ese que me recibe gran parte del año, que ha sido cómplice y aveces, partícipe, de las numerosas ocasiones en que he tenido que volver a ser. Ya no se ve nada por las ventanas, solo nubes blancuzcas que ponen en movimiento el lugar que llamamos casa, y en nuestra casa, nada pasa, y hasta ahora, nada ha pasado. La esperanza se sigue asomando entre las visitas esporádicas de mis hermanos a mi cuarto, en donde permanezco encerrada intentando concentrarme, intentando ser productiva y estudiar. Intentando, como intento minimizar el sonido de los azotes en mis paredes, en la manifestación de control que aparenta la cerradura del cuarto y que resulta, así, sin más, en la ironía que la vida resguarda.
Encerrarme, y encerrarnos, parece ser la única opción a las oposiciones naturales que se presentan en este pedazo de tierra, aún así, encerrarse para algunos no es suficiente — no cuando el río entra por tu marquesina, o cuando se desprenden los amarres que tomó todo una mañana fijar.
A la espera de lo peor, me envuelve la dulzura de encontrarme con lo que sí se asoma, la solidaridad envuelta en un “te hice café”. Recordar es inminente en las historias que nos contamos para pasar el tiempo. La planta eléctrica no permite que planchemos ropa, o que hagamos popcorn. Al menos tenemos. Cada tanto tiempo me asomo por los recovecos que carecen de plástico, ese cristal que resulta imposible tapar, y me causa piel de gallina. No hay un evento físico que lo provoque, y a esto me refiero, a que no hay movimiento en mi piel que ocasione que todos los pelos de mis brazos quieran salir volando. Lo causan mis ojos, y las piscinas termales que se acumulan debajo de cada párpado. Debajo, porque la emoción reside adentro, la importancia de permanecer sólida en medio de la movediza realidad te obliga a ser fiel a todo menos a tus augurios.
Las ramas que se deshacen en la furia blancuzca que escucho detrás de la pared parece ser menos parte de la narrativa construida y más parte de una historia ya vivida, y propensa a vivirse aquí hasta que yo ya no esté. Entonces será otro quien escuche los murmullos, los ronquidos y los graznidos que alertan. El viento nunca es solo viento.
– 2022
Esto lo escribí en casa de mis padres, en el pueblo de Ponce, Puerto Rico, mientras Eintentaba estudiar para mis primeros exámenes parciales de Derecho. Esperábamos el paso del huracán Fiona, que trajo consigo un apagón generalizado (tanto de muchos desde entonces), de 12 a 30 pulgadas de lluvia en toda la isla, en particular para la región sur. Causó alrededor de 44 muertes –directas e indirectas–, según el Departamento de Salud de Puerto Rico.


